martes, 5 de octubre de 2010

El cuarto día. Misterio gozoso

Perdóname labio porque no te pertenezco,
esta plegaria la dicta su lugar hueco.
Mis manos me llevan a sitios prohibidos,
enredando las sábanas, pensándote a solas
como un perro lazarillo bien adiestrado.

Porque es tan casto este ardor
que mi boca peca de ser aún doncella
y llaga mi lengua cada vez que te besa.
Ah, la hiel de tu silencio distante e indefinido
me ha convertido en una virgen impura.

lunes, 4 de octubre de 2010

Un mal ácido. El milagro de los peces

Entras en la alcoba, no a las sombras.
La sombra eres tú.
Te proyecto en mi carne como entonces,
en aquella colcha que parecía otro abrazo.
Te acercabas a mí con un testamento en la lengua
y un arpón en el pecho.

Orábamos bajo las velas consumidas,
al albor donde se anotan los prodigios
y todo nace de la suma de nada.
Éramos tú y yo, desvarío del ensueño incuestionable,
en otro mundo con dos lagos enfurecidos
y dos peces dispuestos a aniquilarse.

Piensa ahora en estas noches
donde las lechuzas se desmayan
en el alféizar de esas sombras.
Grita y repíteme como una letanía
que de verdad recuerdas
todo aquello.

domingo, 3 de octubre de 2010

La posada del dragón. El chico del cosmopólitan

Es porque tu imagen,
recostadas las nalgas y los codos,
increpan al estío,
y ahí, entre tus piernas
se erige el culpable.
Es porque el trigo
se esparce sobre el imaginario lecho
y sus granos olvidan de los púberes mantos
su condición divina.
Arrebolado el cabello
entre gotas de agua
dócilmente mantienes
ante el objetivo tus pupilas.
Y no deseo que pases Mayojunio
de este papel que me recuerda los días.
Tu mano, ya ves,
engaña al voyeur
y es porque se atisba en verdad
un slip,
no obstante, transparente
a esta lujuria.